Hace un siglo los tucumanos perdimos 16 minutos, 48 segundos y dos décimas de nuestra historia. Debido a una resolución del gobierno nacional, cuando se alcanzara la cero hora del 1 de mayo de 1920 todos los relojes del país debían ser sincronizados con la nueva hora oficial de Argentina correspondiente al huso horario -4. Es decir que nos poníamos a cuatro horas de diferencia del meridiano de Greenwich. Como vemos esos escasos minutos significaban que nuestros relojes no estaban en concordancia con los de otras provincias y por ello cada ciudad, pueblo o poblado debía acomodarlo a esa nueva medida.

Uno de nuestros cronistas, que estuvo a cargo de cubrir el cambio, lo relataba así: “escribimos a las 11,50 p.m. En consecuencia dentro de breves instantes nos encontraremos en pleno nuevo régimen de las horas, atravesando por el 0, y con 17 minutos menos de vida. Vale decir, que el viejo Cronos habrá dejado caer varias gotas juntas de su clepsidra. Esto siempre que dicho anciano se deje influenciar en algo por las resoluciones de los hombres, y no se encuentre a estas horas en la situación que pintó el poeta coronándolo con los versos: ´Y el mundo en tanto, sin cesar navega por el piélago inmenso del vacío´”. Luego expresaba cierta incertidumbre e ironía contra la medida al decir: “de todas maneras, nosotros no tenemos nada que ver con el padre Tiempo, ni en lejanísimo grado de consanguinidad y debemos, en consecuencia, atenernos a las resoluciones de los hombres y máxime cuando se trata de dejar de lado ideas oprobiosas y aclimatarnos a los ´nuevos tiempos´, de que tanto se nos ha hablado por parte del gobierno del señor (Hipólito) Irigoyen”.

El decreto

La resolución de ajustar los relojes tucumanos en esos casi 17 minutos se debió a un decreto del presidente Irigoyen firmado el 25 de febrero de 1920 en donde se establecía que Argentina adoptaría desde el 1 de mayo el sistema de huso horario a partir del meridiano que pasa por el observatorio inglés.

Esos minutos quedaron esperando corrección desde que se impuso la hora oficial argentina, a impulsos del intendente de Rosario Gabriel Carrasco, el 25 de setiembre de 1894. Esta medida ajustó muchas situaciones pero el paso del tiempo comenzó a delatar ciertos ajustes necesarios para que la claridad diurna se adecue a las horas correspondientes.

UNA ESQUINA EMBLEMÁTICA. En los relojes públicos debía estar la hora oficial, de lo contrario, los relojeros podían perder su prestigio.

Mientras en Londres era mediodía en nuestro país faltaban casi 17 minutos -más precisamente 16 minutos y 48 segundos- para las 8 de la mañana. Por esto el diputado nacional Eduardo Castex, allá por 1910, propuso que la hora argentina se adelantara esos benditos minutos para alinearse con el sistema internacional. No logró consenso y el proyecto quedó archivado.

Pero la idea quedó latente y varios científicos plantearon su necesidad. Hasta el sistema telegráfico determinó inmiscuirse en el problema al lanzar su famoso “top telegráfico” de las 10.50 que se emitía desde Córdoba para ajustar y calibrar los relojes.

Aquel decreto tenía otra parte, esa quizás fue la que más complicó a nuestros antiguos y fue el cambio del sistema horario de 12 a 24 horas. Por ello nuestro periodista expresaba: “a este respecto tendremos que vencer graves dificultades. De ahí que aquello del té de las 17 -en lugar del té de las cinco, por ejemplo- venga a tener el mismo sabor de ciertas y determinadas intervenciones decretadas en estos últimos tiempos. Y eso sin referirnos a las elecciones celebradas en algunas provincias, en las que sin duda, se contaba con la hora falaz y descreída de los antiguos”.

Las molestias por este cambio se extendió a los relojeros, que ofrecían a sus clientes cambiarles la esfera con los nuevos números. De tal manera que debajo de los tradicionales números romanos del I al XII se ubicaban en arábigos otros de 13 a 24. Además desde ese día y por un tiempo hasta que la medida caló en la gente las carteleras de cines y teatros como los horarios de trenes estaban con el nuevo horario y entre paréntesis el antiguo.

En 1930 se decidió cambiar la hora en verano. A partir de ese año y hasta 1941, durante el verano la Argentina adoptaba el huso horario UTC−3. La intención era ahorrar energía eléctrica. A partir de ahí se sucedieron períodos con y sin cambios de horario. Pero lo más llamativo es que cuando los cambios no se hacían, se dejaba el horario de verano. Y quizás por ello terminamos utilizado el huso -3, como ahora.

“El tiempo no vuelve atrás, por lo tanto, planta tu jardín y adorna tu alma en vez de esperar a que alguien traiga flores”, decía William Shakespeare, sin saber que unos siglos más tarde el mundo podría atrasar o adelantar el tiempo según sus necesidades. Estos cambios son sólo cosméticos o económicos, ya que nuestra vida sigue su devenir sin prisa, pero sin pausa.

La cuestión política

Si el tiempo es una cuestión técnica en nuestro país también fue un tema político. “Gabriel Carrasco fue el principal impulsor de la ley de unificación horaria; funcionario del Estado en variados puestos, era además uno de los primeros cuadros técnicos de la burocracia nacional que impulsaba la estadística oficial”, señala la historiadora Mariana Rieznik.

Carrasco señalaba que había ciudades con más de una hora, la de la estación del tren, la de uso en la localidad debido a su posición y hasta la que imponía el relojero más reputado de la localidad. Esto de tener horas diferentes no cambiaba cuando los viajes y otros servicios no estaban atados al tiempo. Que una carreta llegara 16 minutos o una hora retrasada o adelantada no generaba problemas. Pero la llegada del ferrocarril con sus tiempos estrictos cambió eso e hizo necesario ajustar los relojes. La llegada y la partida de un convoy debía tener una hora exacta y precisa para coordinarse con otras formaciones que recorrían la red ferroviaria también en tiempos precisos.

En la actualidad nuestra vida están regida por los relojes y el tiempo que emana de sus agujas. Tenemos horarios para ir a trabajar, para ir a la escuela, para tomar un colectivo o un avión. Aunque en estos tiempos de pandemia todo ello quedó fuera de lugar hasta que volvamos a la normalidad.

Hasta Juan Manuel de Rosas se preocupó por la hora oficial, ya que determinó que la hora en Buenos Aires era la que marcaba el reloj del Cabildo.

“Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo”, dice un proverbio árabe.